Entradas

Trescientos sesenta y cinco.

Me demostrabas ser fría Como si fueses invierno Y tan distante como queda Diciembre de enero. Pocas veces ese hielo Lo convertías en el agua Que mojaba las calles Habitadas en tus ojos. Yo cogía mi paraguas Y caminaba a tu rostro, Tan espontánea aquella vez Te dejaste acariciar Como flores por el viento. Ingenuo de mí que no pensé Que esa calidez efímera Que me dejabas desmostrar Podía quemarme Hasta las entrañas. Me diste un año para conocerte Y yo sólo necesité pocos versos Para llegar a quererte.

Tú, Destino.

Empecé a creer en la suerte Y en las casualidades Cuando cada vez que te veía Llevabas mi camiseta puesta.

Desastres naturales.

Pedía que la describieran Pero encontró tantas respuestas Que ninguna le dolía lo suficiente Para decir que era cierta. Dijeron que ella era avalancha Fría como nieve Y capaz de destrozar el mundo Hallado bajo sus pies. Algunos que era a veces sequía Deshidratada por falta de lágrimas Que intentaban inundar sus ojos Cuando le demolían el corazón. Otros la comparaban con un terremoto Por las mañanas antes del café Y con una erupción volcánica Si no la dejas bebérselo. Y los que menos la conocían Se atrevían a confesar Que era como un huracán De emociones indescriptibles. Pero todos tenían en común Que aquella chica Era considerada catástrofe Para aquel que se acercase. Desastre.

Me encantaría.

Me encantaría convertirte en poema Y en  mil palabras bajo las sábanas. Que fueses de nuevo mi musa Y por mis rimas Me guiaras. Me encantaría ver anochecer desde tus ojos Porque el alba ya me sabe a poco Y las bestias no se dejan ver de día. Hacer equilibrismo por tus venas Y morderte el corazón Parando en los pulmones, Encharcándolos y ahogándote De mí. Me encantaría escribirte que nunca me faltes Y subirte en mis zapatos que ahora son De tacón alto Para que comprendas tú la angustia De no saber qué dedicarte Porque nada es suficientemente comparable A ti. -A nosotros- A lo que fuimos -Y seremos- -En mi- Siempre.

Cicatrízame el por qué.

Quién eres tú para despertar entre mis versos Y cambiar el rumbo de cada palabra. Para suplicar a mis silencios  Que rompan a besos  Las bocanadas que te afinan  Cada cuerda vocal. Cuál de mis razones eres,  Para que resucite el papel,  Repare una sonrisa  Y la mantenga abrochada  Otro día más de los que vivo sin ti. Finjo renacer de entre la niebla Para que Nadie piense  Que hace dos vidas  Yo dejé de pensarte  Y de soñar tus recuerdos  Noche tras noche.  Me hundo en cada taza de café caliente Ayudándome a olvidar Cada sentimiento Que sufrí por ti. Pero ya la boca me sabe a sangre  De tanto morderme la lengua  Al reprimir tu nombre Y los ojos tienen un regusto a sal Que no se va. Y sé que olvidarte me hará renacer Como un ave fénix Que resurge de entre sus propias cenizas Cubierta de polvo Preparándose para su próxima muerte Dentro de la vida misma.

Destrózame.

Déjame probar tus versos Y atragantarme con cada palabra. Desgarrarte a gritos las comisuras, Escalar por tu columna Estudiando el movimiento. Déjame arrancarte el aire Cuando restamos distancias. Enséñame a multiplicar las horas, Porque nunca tengo suficientes Y siempre me quedo con ganas -de ti-. Dime cómo se divide el tiempo Para cada vez que faltes No seguir sedienta De la sangre que patina tus entrañas Y pueda dejar de celarme De cada bestia Que te quiere como presa. Rómpeme el corazón, Que a cambio seré tu hamartia, Prometiendo enseñarte Cómo se cometen los más bonitos -y fatales-   Errores Para que conmigo tropieces Hasta tenerte a mis pies de rodillas Y deseen rendirse incluso tus propias heridas.

Dueña de mis aguas.

Y apareces Y me cobijas en tu amanecer, Estoy en casa. Aparece la niebla Y te adueñas del mar Que aparece ante mis ojos. Surcas cada ola de terreno conocido. Capitana de mis mares, Canto de mis sirenas, Estabilidad de mis aguas. Que si te vas ya no me queda cordura Ni razón para parar tempestades, Porque sin ti llevan todas tu nombre. Oh, mi musa marinera Que osas cruzar cada océano De palabras heridas Que son calmadas Tras verte pasar. Todos mis faros te buscan Porque nunca estuvieron satisfechos De ver como bailas En cada grano de sal. Timón de mi barco, No abandones mi vaivén, Que tú siempre te has mantenido firme Y has sabido Cómo sostenerme en pie.